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La sabiduría de saber equivocarse

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Linus Pauling El gran científico ganó dos premios Nobel y enseñó a ser intrépidos de pensamiento

 El físico Albert Einstein es uno de los dos científicos más sobresalientes del siglo XX. El otro es el estadounidense Linus Carl Pauling, el que de igual forma nunca transitó por los trillados caminos de los comunes. Pauling fue un hombre extraordinario. Con la estatura científica de Darwin, Newton y Copérnico, ha sido el único en recibir dos premios Nobel diferentes: el de Química por dilucidar la naturaleza del enlace químico y el de la Paz por defender el desarme nuclear.

Ciertamente, las ideas de Pauling sobre los átomos y las bombas atómicas revolucionaron al mundo, por lo que no es de extrañar que sus dos premios Nobel hayan estado teñidos por los eventos y vaivenes políticos de la Guerra Fría.

El Premio de Química fue afectado por las acciones macartistas que lo señalaban como comunista (no lo fue) y ateo (sí lo fue), motivos que mediaron para negarle el pasaporte para viajar a Estocolmo en 1954. Gracias a la presión de la comunidad científica, el permiso le fue concedido tan solo dos semanas antes de la premiación.

Visionario. El segundo galardón fue aun más controversial pues el Nobel de la Paz de 1962 se le otorgó un año después. El Premio Nobel de 1962 se había declarado desierto, y, en casos como este caso, la Fundación indica que el premio se reserve para el año siguiente. A pesar de que Harry Truman había concedido a Pauling la Medalla Presidencial al Mérito en 1948 por su labor patriótica durante la Segunda Guerra Mundial, la firme oposición del científico a la carrera nuclear y su activismo pacifista estaban lejos de agradar a las autoridades gubernamentales.

Debido a ese rechazo y desde antes de anunciarse el Nobel, se orquestó una campaña de oposición y desprestigio contra Pauling por parte de círculos políticos y religiosos fundamentalistas que dominaban el escenario público de entonces.

La diversidad científica de Pauling fue asombrosa, y sus descubrimientos revolucionaron campos tan diversos como la estructura de los cristales, los metales y los gases, la aplicación de la mecánica cuántica a la química, la naturaleza del enlace químico y la teoría de ferromagnetismo; y, en especial, la estructura, la función y la evolución de las proteínas.

Pauling incluso fue el primero en llamar la atención sobre los efectos contaminantes de los motores de combustión y se dio a la tarea de diseñar el primer automóvil eléctrico (Henney Kilowatt).

Sin embargo, su mayor contribución fue la de proponer las bases de la biología molecular –la disciplina científica más prominente de la segunda mitad del siglo XX–, tal y como lo indicó Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN.

Entre los atributos de Pauling como científico estaba el de no temer equivocarse. En alguna ocasión expresó: “No hay que tener miedo a cometer errores. La única manera de tener buenas ideas es la de generar muchas más' y deshacerse de las que no sirven”.

Consecuente con esas máximas, Pauling cometía errores mayúsculos, algunos de ellos de abolengo nobeliario pues las respuestas correctas dieron lugar a que otros científicos, y no él, se ganaran otros premios Nobel. Esto demuestra –entre otras cosas– el “olfato” que tenía para hacer las preguntas correctas.

El ADN. Uno de sus primeros errores ilustres fue el de creer que el ADN era demasiado simple para ser el responsable de trasmitir la herencia, por lo que propuso que eran las proteínas (sus moléculas preferidas) las depositarias de esa función.

En un ensayo de 1948 titulado “La arquitectura molecular y el proceso de la vida”, Pauling propuso que “las enzimas [proteínas] responsables de los caracteres químicos de los organismos también sirven como moldes para la produc-ción de réplicas de sí mismas”; es decir, como genes.

Años después, en 1969, se le otorgaría el Premio Nobel en Medicina a Max Delbruck, Alfred Hershey y Salvador Luria por haber confirmado en la década de 1940-1950 que el ADN, y no las proteínas, era el material responsable de la herencia genética.

Una vez que Pauling reconoció la importancia del ADN, tornó su atención a resolver la estructura de esa molécula.

Basándose en algunas imágenes de rayos X sobre el ADN y en sus propias premisas, Pauling escribió en diciembre de 1952 a Alex Todd en Cambridge: “Creo que hemos descubierto la estructura del ADN. No tengo duda. La estructura es realmente hermosa”.

Ese mismo mes, en la revista de la Academia Nacional de Ciencias, publicó su modelo de triple hélice. Unos meses después, en 1953, James Watson y Crick describirían en la revista Nature la estructura correcta del ADN, por lo que en 1962 fueron galardonados con el Premio Nobel junto con Maurice Wilkins. Watson escribiría años después: “Linus, sin lugar a duda el químico más ingenioso del mundo, llegó precisamente a la conclusión opuesta..., ¡la incorrecta!”.

Sin embargo, las nobelarias pifias de Linus siguieron. Con la agudeza que lo caracterizaba persiguió la pregunta sobre la diversidad de la respuesta inmune. Pauling proponía un modelo instructivo para la variabilidad de los anticuerpos en la que los agentes invasores servían de molde.

Con cierta petulancia, Pauling había dicho años antes: “Durante el tiempo que Landsteiner me educó en el campo de la inmunología, descubrí que él y yo pensábamos sobre la reactividad de los anticuerpos de modo muy distinto. Comprobé que los médicos y los biólogos no abordan los problemas de la misma manera que los físicos teóricos lo hacemos y hemos aprendido”.

Más tarde, en 1960, Macfarlane Burnet (un médico) y Peter Medawar (un biólogo) ganarían el Premio Nobel por su propuesta de selección clonal sobre la generación de la diversidad de los anticuerpos, derrumbando así la teoría instructiva.

Humanista. Siendo Pauling uno de los científicos más prominentes en el desarrollo de la cristalografía, era fiel creyente de la estructura periódica de los cristales moleculares. Por esto, en 1984, cuando el científico israelí Dan Shechtman publicó su trabajo controversial sobre estructuras ordenadas pero no periódicas de los cuasicristales (parecidos a mosaicos árabes), Pauling los refutó tildándolos de absurdos. “¡Algo así no puede ser! Los cuasicristales no existen, solo los cuasicientíficos”, dijo aludiendo a Shechtman.

Resistiendo todos los embates, Shechtman recibió el Premio Nobel en el 2011 y, refiriéndose a su controversia con Pauling, apuntó: “Después de un tiempo logré disfrutar cada momento de esa batalla científica sabiendo que él [Pauling] estaba equivocado y yo en lo correcto”.

Una de las últimas cruzadas científicas y personales que Pauling perdió fue su propuesta de ingerir grandes dosis de vitamina C para contener el deterioro del organismo y prevenir el cáncer.

Aunque sus ideas resultaron equivocadas, tuvieron gran difusión y motivaron que se abrieran temas de investigación sobre el papel de la vitaminas y el daño oxidativo a las células.

Como pacifista, dio su última batalla contra el intervencionismo estadounidense en América Latina –especialmente en Centroamérica–, al que se opuso enérgicamente. Pauling fue vencido por el cáncer en 1994 y murió en California a la magnífica edad de 93 años.

Linus Pauling fue un humanista activo que demostró solidaridad para con sus semejantes e interés real por conservar el ambiente. Su vida fue un ejemplo admirable de la tenacidad y el escepticismo que corresponden a los científicos.

Las acciones de Pauling recuerdan que el único que no se equivoca es aquel que no hace nada, y que los grandes errores son tan importantes para aprender como los aciertos.

El autor es Catedrático Humboldt e investigador de la UNA y UCR.

 Edgardo Moreno emoreno@racsa.co.cr

 http://www.nacion.com/

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