
Sintiendo la llamada de Dios a la vida consagrada, ingresa en la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Durante su estancia en el Noviciado de París, se verá atraído por la realidad misionera de la Iglesia. Él mismo pedirá a Dios tener una experiencia en este ámbito. Sus súplicas se verán atendidas cuando el Obispo de Molokai, en Hawaii, pide la ayuda de misioneros que ayuden a sus almas, ya que la lepra se ha cebado con la Isla,
muriendo en penosas circunstancias, y con una escasa atención espiritual y humana. Con el debido permiso de sus superiores, marcha a la Isla. Durante su viaje, coincidirá con 50 leprosos que se encaminan a ese lugar de muerte. Una vez allí transforma el lugar en un remanso de dignidad, siendo un verdadero apóstol entre los enfermos. Él mismo contraerá la enfermedad, y cuando le ofrecen retornar a Europa para recuperarse con los debidos cuidados médicos, se niega, ofreciendo su vida a Dios y muriendo entre los predilectos del Señor: Los pobres y necesitados. Juan Pablo II le beatifica y Bendicto XVI le canonizará.
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