El día antes de dar la vida por todos, el Señor Jesús, tomo el pan y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo”. Después tomando el cáliz, lo pasó nuevamente a los discípulos y les dijo: “Tomad, bebed. Esta es mi Sangre. Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid, hasta que lo beba con vosotros en el Reino del Padre”. Y también les encargó: “Haced esto en memoria Mía”. Así instituyó el Sacramento Eucarístico como memorial. De modo que Cristo está presente todo entero en el Santísimo Sacramento del Altar, en todas sus partes y partículas, con su Cuerpo y con su sangre. Con su Alma y su Divinidad. Por eso, cada vez que coméis de este Pan y bebéis de este Cáliz, anunciáis la Muerte y Resurrección del Señor hasta que Él vuelva. ¡Oh Sagrado Banquete en que Cristo es nuestra comida! ¡En Él se vive el Misterio de nuestra Salvación! Les diste el Pan del Cielo que contiene en sí todo deleite.
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