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Catherine Hutin - Hija de Jacqueline Roque y heredera de Picasso "Regalé muchos cuadros de Picasso a España; que me dejen en paz"

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ISABEL BUGALLAL - A CORUÑA Es la única heredera de Jacqueline Roque, la última mujer de Picasso, con el que convivió desde los cuatro años. Catherine Hutin (1948) atesora cientos de obras del genio español, que presta con generosidad para permitir el disfrute público. Y también ha hecho –siempre, con discreción– algunas donaciones. Pero no quiere oir hablar del supuesto regalo de su madre a España de los 61 cuadros de la exposición “Picasso en Madrid” (1986). Era un compromiso verbal y Jacqueline se suicidó diez días antes de la inauguración de la muestra. Catherine Hutin recibió ayer en A Coruña el premio Protecturi a las buenas prácticas en la protección del patrimonio


–Siempre mantuvo una estrecha relación con España. Vivió cuatro años en Madrid, pasaba temporadas en Barcelona y también tiene algún vínculo con A Coruña.

–Mi ‘joven’ amiga Carmela [Arias], la condesa de Fenosa, que, desgraciadamente, ya no está con nosotros, era mi amiga en Galicia. Gracias a ella, se hicieron dos exposiciones de Picasso, una en Vigo y otra en A Coruña, en las que participé [Picasso, laboratorio de estilos (2007)].

–Tras morir su madre, vivió cuatro años en Madrid y trabajó en la Galería Juana Mordó.

–Sí, fue una etapa maravillosa, me emociona pensar en esta época. En la galería trabajé con artistas maravillosos, como Saura, Sempere o Burguillo y otros del grupo de El Paso. Y Juana era fantástica, con genio pero una mujer extraordinaria.

–En Barcelona tenía grandes amigos, como los Gili, editores.

–Desde pequeña, los Gili eran como mis padres. Mis padres eran muy amigos de los Gili, que tenían un hijo y conmigo, una hija. Me invitaban con frecuencia, como los Gaspar.

–¿A Picasso le gustaba que viajase a España?

–Quería que viniese para que luego le contase de España, lo que había hecho, la gente, la comida...

–¿Y de las corridas de toros?

–Siempre íbamos a los toros en Francia, a Arlés y a Nîmes.

–Usted tenía cuatro años cuando su madre conoció a Picasso y se casaron, ¿cómo era su relación con él?

–Picasso era un genio del arte. Cuando eres pequeña, ¿usted cree que se sabe que tu padre es un genio mundial?

–¿Tenía una personalidad arrolladora?

–Vivíamos con él y yo no me hacía preguntas.

–Probablemente, ningún artista pintó tanto, ¿lo veía pintar?

–Lo veía pintar, comíamos juntos... Siempre me ha sorprendido esta pregunta, aunque la entiendo. Pablo –no me gusta decir Picasso– representa para los demás el genio pero para mí es mi padre, con el que vivíamos en casa una vida sencilla. No vives con tus padres con esa curiosidad.

–El año pasado abrió al público el castillo de Vauvenargues [en Aix en Provence, donde están enterrados Picasso y Jacqueline], ¿lo abrirá de nuevo este verano?

–Sí, con una exposición de fotos de mi madre. Fue una experiencia fantástica. A pesar de que no es fácil, me gustó abrir un lugar que para los demás es ‘el castillo’ pero para mí es mi casa. Viví allí, paso vacaciones allí, mi hijos también han pasado temporadas... Fue duro ver a extraños, me conmovió; espero que no me ocurra este verano, pero había que hacerlo y conseguimos hacerlo de la forma que queríamos, con pequeños grupos y respeto, porque están enterrados allí mis padres.

–Decía en una entrevista a un periódico francés...

–¿Si? No doy muchas entrevistas, las detesto.

–Decía que abrir Vauvenargues era mostrar su verdad.

–Quise abrir el castillo para mostrar la sencillez con que vivíamos, porque yo no cambié absolutamente nada. La gente siempre se imagina cosas extraordinarias pero yo dejé todo como estaba y, en ese aspecto, es mostrar mi verdad. Hemos hecho reformas pero no se ven, todo está igual. He gastado mucho dinero, y es mi dinero, pero estoy orgullosa.

–¿En la visita, se puede ver el lugar de trabajo de Picasso?

–Sí, con sus pinturas y sus pinceles; el dormitorio, el baño con el fauno que pintó, el comedor y las tumbas de los dos. No hizo falta tocar nada, todo habla por si mismo.

–Usted ha hecho en los últimos años donaciones y muchos préstamos a los museos españoles, sobre todo al Museo Picasso de Barcelona y al Museo Nacional de Arte de Catalunya.

–Sí, presto mucho. Y gratuitamente.

–Incluso, regala.

–Incluso, regalo, pero hablar de esto me intimida, no me gusta nada, prefiero estar en la sombra.

–Tuvo una mala experiencia con una periodista que escribió un libro y usted la demandó [Pepita Dupont, autora de La verdad sobre Jacqueline Picasso (2007)].

–No me pregunte de esto, no quiero volver a oír hablar de eso.

–Los 61 cuadros que prestó su madre para la exposición Picasso en Madrid, en 1986 [inaugurada diez días antes de que Jacqueline Picasso se matase de un tiro en la sien, y que, según algunas versiones, iba a donar a España], ¿los tiene usted?

–Los tengo yo.

–¿No están en museos o colecciones privadas?

–No, porqué habrían de estarlo. No quiero hablar de esto, se han dicho muchas tonterías y cosas falsas. Es mejor no hacer publicidad.

–Usted ganó el juicio.

–¿Cree que me satisface ganar un juicio después de tanta mierda como se ha dicho y se ha escrito? He regalado a España cosas y lo que hago lo hago con todo el corazón, pero que me dejen en paz. Soy la única heredera de mi madre, y con eso está todo dicho.

–Ella se volcó con España.

–Claro, y yo sigo esa labor, que también es la mía, porque me gusta mucho España.

–¿Cómo era Picasso –Pablo– en casa?

–Pablo, ante todo, lo que quería era trabajar. Mi madre tuvo la inteligencia de educarme para que respetase el trabajo de Pablo, y para mi siempre fue normal verle trabajar y dejarle trabajar: no hacer ruido, comer cuando él estaba dispuesto a comer o a cenar... A veces, subía al taller para decirle ‘¿puedes bajar, que tengo hambre?’. Nunca le hemos molestado: siempre ha sido el trabajo, el trabajo, el trabajo.

–Imponía el ritmo de la casa.

–Él imponía el ritmo de la casa, le seguíamos y siempre fui feliz.

–¿Fue feliz en esas casas tan grandes y siendo una niña sola?

–Yo era una niña sola, pero en vacaciones venían sus hijos y también iba a la escuela, como una niña normal. Podía parecer una vida especial para los demás pero para mi era mi vida, y tan contenta. Pasaba mucha gente, además.

–¿Recibía a muchos españoles? ¿a quién recuerda?

–Estaba Eugenio Arias, que era su peluquero. Murió hace poco y dejó un pequeño museo en Buitrago. Venían a menudo a casa los Gili. También, Luis Miguel Dominguín, los Gaspar, Alberti... Si me olvido de algunos, que me perdonen.

–¿Hablaba de España?

–Sí, hablaba de España. Hablaba de morcilla, de comida, de todo lo que le gustaba de la comida española y no podía comer por el régimen. Lo acabaron operando de la vesícula y había cosas que no podía comer. Hablaba del chorizo, de los percebes...

–¿Conserva obra de Picasso de niño?

–Sí, señora.

–¿Alguna podría haberla hecho en A Coruña?

–Pues supongo que sí.

–¿Tiene planes para esa obra?

–No sé lo que haré con ella, pero no ha llegado todavía el momento de pensarlo. Ahora estoy pendiente de Vauvenargues.

–¿Le pidieron esa obra?

–Nadie me ha pedido nada y no me gusta que me pidan, prefiero que sea algo espontáneo, como en Barcelona cuando regalé el primer estudio para las Meninas. Las cosas llegan cuando llegan, sin cálculos.

–La relación con su madre era conflictiva, ¿cómo se llevaban?

–Me llevaba bien. Si gracias a ella pude vivir con Pablo y permanecer hasta su muerte es que me llevaba bien con mi madre.

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